El día de mi llegada al aeropuerto internacional de Abuja me puse por primera vez mi chalequito, y salí lleno de esperanzas a tragarme Nigeria. Entre la multitud encontré tres personas con un chaleco idéntico al mío pero en español, eran jóvenes, risueños, amigables: Esto empezó bien! Entre risas me explicaron que pertenecían a una sección diferente de la organización y me dirigieron a mi despistado conductor que no pronunció una sola palabra durante toda la noche. Pocas veces he vuelto a hablar español. En medio de la multitud me gritaron “nos veremos pronto” y “ven a visitarnos”, como si la cosa fuera tan fácil, como si uno pudiera subirse a un taxi y decir: buen hombre, a Bayelsa por favor!
Hace un par de días me llamó una de las personas del aeropuerto, una bonita española llamada Beatríz, quien a fuerza de vivir entre anglosajones dice cosas como: “I’m Bia, es decir Bea tio…” Ella fue infinitamente cordial, reía, buscaba tema, yo debí sonar antipático, callado y tajante. No pude evitarlo, no estaba concentrado en lo que me decía, estaba asombrado con el sonido de mi propia voz en español y con la crisis de identidad nacional que tiene mi acento por estos días.
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