Tuesday, June 16, 2009

Port Harcourt, cinco meses y una semana

Los expats vivimos en una esfera protectora de la realidad de Port Harcourt. Lo que puedo decir de esta ciudad es lo que alcanzo a ver por la ventana del carro en el viaje de la casa al hospital y del hospital a la casa. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que Port Harcourt es una ciudad de grandes contrastes donde una ferviente religiosidad convive con un alto grado de violencia. En esta ciudad la religiosidad deja de ser ese refugio que da paz y guía al creyente, en Port Harcourt la religiosidad es saturada, desbordada, obsesiva, desesperada. La compañía de minibuses se llama “Legión”, una persona en el hospital tiene coros de misa como Ringtone, en la universidad privada oran antes de clase, alguien utilizó sus vacaciones para asistir a charlas sobre la Biblia, los conductores son Gabriel, Jeremiah (AKA Jerry), Godwin… Por todas partes hay grandes letreros con la imagen de pastores de brillante sonrisa y mirada segura que dictan seminarios sobre la forma de casarse pronto y con la persona deseada. Las religiones que predominan son relucientes versiones del siglo XXI, con nombres llenos de palabras como renovación, revolución o salvación. Cuando te identificas como ateo quedan algo desorientados; Es imposible no creer en nada. Esta religiosidad es potenciada por una pobreza crónica y una gran concentración de los ingresos. Justamente al lado de uno de los barrios mas pobres se encuentra el Club de Polo. Por las calles se puede ver niños y jóvenes empujando carretillas con tanques de plástico; Veden agua. Port Harcourt es una ciudad de 4 millones de almas que viven sin acueducto o alcantarillado. La clase dirigente tiene verdaderos palacios, con pozos de agua y generadores de electricidad. Por las calles, Audis, Hummers, y Land Rovers transitan lentamente entre los niños y jóvenes empujando sus carretillas de agua. El otro factor que define la ciudad es la violencia, hecho que no puedo entender ni describir. Tal vez tan solo dar una imagen: un carro lleno de policías estrelló por accidente un camión rojo. Los policías en un salto deductivo malabárico, decidieron que el conductor del camión era el culpable de que ellos lo golpearan por detrás, así que procedieron a bajarlo a tirones y golpearlo y patearlo hasta el cansancio en medio de la soleada calle del medio día. Gabriel, conduciendo mi carro, veía la escena y se le aguaban los ojos. Mientras tanto me preguntaba en silencio porque el ser humano se empeña en dar armas de fuego tan solo a los idiotas.

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